
El 70% de los juguetes comercializados en España se vende durante el período comprendido entre el mes de noviembre y los primeros días de enero. Son fechas muy emotivas en las que el principal deseo de todos los padres y madres es ver felices y disfrutando a sus retoños.
El colofón navideño se alcanza en la ansiada mañana del 6 de enero, momento de magia e ilusión en el que los pequeños protagonistas se dan un baño de juguetes mientras nosotros, los emocionados padres, revivimos nuestra infancia viéndonos reflejados en sus brillantes ojos. Centros comerciales y jugueterías reciben la visita de miles de personas en busca de los preciados regalos que sus hijos han pedido en la carta a los Reyes Magos. Catálogos, anuncios de televisión, prensa, promociones varias y, por supuesto, aquel maravilloso juguete que a nuestro vecinito le regalaron el día de su cumpleaños, determinan de forma notable los (materiales) deseos navideños de los más pequeños.
Pero, ¿de dónde proceden estas fuentes de “felicidad” para nuestros niños?, ¿cómo se fabrican? Hace años pensaba que los Reyes Magos venían de Oriente y traían nuestros regalos a lomos de sus camellos. Los juguetes, por supuesto, se harían de una forma mágica y asombrosa gracias al trabajo y asistencia de pajes y ayudantes o, en el caso de Papá Noel, de gnomos y enanitos que trabajan con tesón para que cada niño o niña tenga a tiempo su muñeco preferido. La realidad, como todos sabemos, dista mucho de lo anteriormente expuesto; mucho…
Para dar un poco de luz al proceso de fabricación de los juguetes que se están vendiendo en nuestro país por cientos de miles durante estos días, transcribo un artículo de Albert Sales i Campos, profesor de Sociología de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, en el que se exponen las terribles condiciones de trabajo a las que se ven sometidos los empleados de las fábricas chinas de juguetes y cómo las marcas occidentales protegen su imagen corporativa haciéndonos creer que velan por los derechos laborales de estos trabajadores.
Albert Sales i Campos - Rebelión (08/12/2011)
¿Quién no ha comprado un juguete “made in China”? El 70% de los juguetes del mundo se producen en el gigante asiático y la mayoría de marcas internacionales tienen sus principales proveedores allí. Pero después de más de 20 años de dominio de este mercado globalizado, los trabajadores y las trabajadoras que fabrican estos habituales regalos navideños siguen viviendo penosas condiciones en miles de fábricas de las provincias más industriales del país.
Como sucede en la mayoría de zonas de nueva industrialización del mundo, buena parte de los obreros y las obreras de Guandong (provincia donde se producen el 70% de los juguetes chinos para la exportación) son inmigrantes que provienen de áreas rurales. El salario de las trabajadoras inmigrantes es de entre 850 y 1320 CNY (100-154 euros). Aunque se cumple con el salario mínimo legal, los trabajadores no pueden cubrir las necesidades básicas de sus familias. Por ello, habitualmente dejan a sus hijos e hijas en sus poblaciones de origen que sólo pueden visitar durante el Año Nuevo chino.
Hace veinte años que las organizaciones internacionales de defensa de los derechos laborales denuncian los salarios de miseria, las jornadas de trabajo interminables y la represión de cualquier intento de lucha por un trabajo digno. Ante las denuncias públicas y la preocupación de las grandes marcas por su imagen corporativa, las empresas del sector han desarrollado códigos de conducta laborales y sistemas de verificación, que pretenden garantizar la responsabilidad social en la cadena de suministro. ICTi (Internacional Council of Toy Industriales), una asociación empresarial que agrupa a organizaciones patronales del sector de los juguetes de todo el mundo, desarrolló el ICTI CARE Process , un sistema de seguimiento de la producción que otorga a las empresas un sello que, supuestamente, garantiza que el proceso de manufactura de sus productos cumple unos estándares básicos recogidos en su código de conducta.
Por desgracia, como ocurre en la electrónica o la confección de ropa, los resultados que las estrategias de responsabilidad social que comunican las firmas internacionales no se corresponde con el día a día de las personas trabajadoras. La organización SACOM (Students & Scholars Against Corporate Misbehaviour) ha estado haciendo un seguimiento de la industria del juguete en China desde 2005 y manifiesta no haber detectado mejoras en las condiciones de las personas trabajadoras. Durante el verano de 2011, SACOM ha investigado tres fábricas de juguetes proveedoras de firmas de renombre como Disney, Mattel, Lego, MacDonalds, Marks and Spencer y Walmart. Aunque las tres fábricas están certificadas por ICTi CARE desde hace años, las condiciones laborales siguen dejando mucho que desear. El equipo de SACOM ha documentado un exceso sistemático de horas extraordinarias, contabilizándose hasta 140 mensuales (cuatro veces el límite legal), retrasos constantes en el pago de las nóminas, ausencia de equipos de protección personal en trabajos de manipulación de sustancias peligrosas, impagos de las cotizaciones a la seguridad social, multas arbitrarias, dormitorios y espacios para comer insalubres, trabajo infantil durante el verano y negación a las obreras y los obreros de una copia de su contrato laboral entre otras violaciones los derechos laborales básicos reconocidos por la ley y recogidos en el código de conducta de ICTI. Para conseguir el sello ICTI CARE, las fábricas pasan unas auditorías que ellas mismas han de financiar y que, a la vista de los resultados, son muy poco creíbles. Las marcas internacionales obligan a los fabricantes chinos a obtener el sello, limpiando así su imagen y convirtiendo esta certificación en un lucrativo negocio. Hasta 780 marcas apoyan ICTI CARE, algunas tan importantes como Mattel, Hasbro, Lego, Disney o ToysRus. Según su propio sitio web, más de 2.420 fábricas solicitaron sus servicios de certificación durante noviembre de 2011.
No hay en las estrategias de responsabilidad social de las empresas internacionales del sector ningún tipo de voluntad de cambio de las estructuras que hacen posible estos niveles de explotación laboral. En un entorno de competencia internacional feroz, los trabajadores y las trabajadoras no pueden ni plantearse la posibilidad de llegar a comprar los coches HotWheels o las muñecas Barbie que fabrican durante 14 horas diarias.
Si deseas ampliar información, puedes consultar este artículo (en inglés) de Gethin Chamberlain, publicado en The Guardian el pasado 4 de diciembre.